Granada es una ciudad especial. Lo tiene todo. Tiene música, arte, ternura, historia y poesía. Aunque a decir verdad, para mí tiene algo que pocas o ninguna otra ciudad tiene, una familia.
La verdadera baza de este virus somos nosotros y el cariño que nos tenemos los unos a los otros en este colegio. No estamos solos, nunca lo hemos estado; siempre nos ha acompañado la sonrisa de Pepa en portería o el “¿cuánto quieres que te eche cariño?” de Juani. Encontrarte arropada en tan poco tiempo y sentir esa inmensa alegría al volver a nuestra casa granadina, no solo no tiene precio, sino que hace que no importe el momento, solo las personas. Son tiempos difíciles, tiempos de pandemia. Tiempos de tomar decisiones críticas y continuar juntos de la mano como en La vida es bella.
Si no hubiera sido por Benji y Fran no nos podríamos haber conectado a unas clases que siendo online, algunos profesores intentan hacerlas lo más amenas posibles; y también Pili, que está al pie del cañón en todo lo que sucede en el colegio y no solo se preocupa porque funcione, sino porque estemos felices. Tampoco puedo olvidarme de Elena, Carmen y Lupe, las limpiadoras del cole, que están día sí y día también trabajando con una alegría constante que deja mucho que admirar. Las monjicas que
siempre están ahí repartiendo el picnic cada Domingo, aquellas que me alegran el día cuando paso por portería y las veo tejiendo o escuchando rezos, Marialuisa, Cati y Ana, la sonrisa de Antonio al ver nuestras caras cuando hay patatas fritas recién hechas… Ellos, son los “culpables” de hacer crecer la alegría y el amor en esta gran familia.
Sin embargo, no puedo terminar estas líneas sin dar las gracias a las grandes personas que sostienen día a día y supieron sostener el colegio en unas circunstancias críticas como aquellas que se dieron en los meses siguientes a Marzo, Encarna y Chus. Jamás, mi corazón podrá olvidar el gran acto de
bondad y humildad que pude ver a principio de este curso, cuando más de medio colegio estaba aislado y Chus con sus propias manos fue llevando bandeja por bandeja a cada colegiala. Esto dice mucho de un colegio y más de un líder que a pesar de las circunstancias, ha estado al frente con una
fuerza y un valor incomparable. Y como no, no puedo olvidarme de Encarna, el gran amor del colegio, a quien veo reflejada mi abuela y la ternura en su pleno esplendor; una mujer que siempre nos hace reír.
A pesar de las miles de vidas que el virus ha arrebatado y el vacío tan grande que ha dejado en los corazones de muchas familias, esta pandemia nos ha enseñado a comprender que los medios tales como las mascarillas, el wifi, los espacios limitados, el metro y medio de distancia, los guantes para coger las bandejas o el hidrogel, pueden adaptarse a nuestro día a día; pero el amor, y el corazón que ponemos todos, no se adapta, nace desde dentro.
Sin covid o con covid, qué afortunada me siento de poder pertenecer a una familia tan sincera y real, como es la que conforma el Santa María.


María del Mar Sevilla Torres
3º de Derecho y Ciencias Políticas

1 comentario en “El amor, y el corazón que ponemos todos, no se adapta, nace desde dentro”

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